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Rerum Novarum. Texto completo. 1891. Documentos Hist贸ricos de la Iglesia Cat贸lica

RERUM NOVARUM
CARTA ENC脥CLICA DEL SUMO PONT脥FICE
 LE脫N XIII
 SOBRE LA "CONDICION" DE LOS OBREROS

     La "cuesti贸n obrera"

     I. SOCIALISMO

     II. LA IGLESIA Y EL PROBLEMA

     III. DEBERES DEL ESTADO

     IV. LAS ASOCIACIONES

     SOLUCI脫N DEFINITIVA: CARIDAD



El ardiente af谩n de novedades que hace ya tiempo agita a los pueblos, necesariamente ten铆a que pasar del orden pol铆tico al de la econom铆a social, tan unido a aqu茅l. -La verdad es que las nuevas tendencias de las artes y los nuevos m茅todos de las industrias; el cambio de las relaciones entre patronos y obreros; la acumulaci贸n de las riquezas en pocas manos, y la pobreza ampliamente extendida; la mayor conciencia de su valer en los obreros, y su mutua uni贸n m谩s 铆ntima; todo ello, junto con la progresiva corrupci贸n de costumbres han hecho estallar la guerra. Cu谩n suma gravedad entra帽e esa guerra, se colige de la viva expectaci贸n que tiene suspensos los 谩nimos, y de c贸mo ocupa los ingenios de los doctos, las reuniones de los sabios, las asambleas populares, el juicio de los legisladores, los consejos de los pr铆ncipes; de tal manera, que no hay cuesti贸n alguna, por grande que sea, que m谩s que 茅sta preocupe los 谩nimos de los hombres. 

La "cuesti贸n obrera"

Por esto, pensando s贸lo en el bien de la Iglesia y en el bienestar com煤n, as铆 como otras veces os hemos escrito sobre el Poder pol铆tico, la Libertad humana, la Constituci贸n cristiana de los Estados* y otros temas semejantes, cuanto parec铆a a prop贸sito para refutar las opiniones enga帽osas, as铆 ahora y por las mismas razones creemos deber escribiros algo sobre la cuesti贸n obrera.

Materia 茅sta, que ya otras veces ocasionalmente hemos tocado; mas en esta Enc铆clica la conciencia de Nuestro Apost贸lico oficio Nos incita a tratar la cuesti贸n de prop贸sito y por completo, de modo que aparezcan claros los principios que han de dar a esta contienda la soluci贸n que exigen la verdad y la justicia.

Cuesti贸n tan dif铆cil de resolver como peligrosa. Porque es dif铆cil se帽alar la medida justa de los derechos y las obligaciones que regulan las relaciones entre los ricos y los proletarios, entre los que aportan el capital y los que contribuyen con su trabajo. Y peligrosa esta contienda, porque hombres turbulentos y maliciosos frecuentemente la retuercen para pervertir el juicio de la verdad y mover la multitud a sediciones.

2. Como quiera que sea, vemos claramente, y en esto convienen todos, que es preciso auxiliar, pronta y oportunamente, a los hombres de la 铆nfima clase, pues la mayor铆a de ellos se resuelve indignamente en una miserable y calamitosa situaci贸n. Pues, destruidos en el pasado siglo los antiguos gremios de obreros, sin ser sustituidos por nada, y al haberse apartado las naciones y las
leyes civiles de la religi贸n de nuestros padres, poco a poco ha sucedido que los obreros se han encontrado entregados, solos e indefensos, a la inhumanidad de sus patronos y a la desenfrenada codicia de los competidores. -A aumentar el mal, vino voraz la usura, la cual, m谩s de una vez condenada por sentencia de la Iglesia, sigue siempre, bajo diversas formas, la misma en su ser,
ejercida por hombres avaros y codiciosos. J煤ntase a esto que los contratos de las obras y el comercio de todas las cosas est谩n, casi por completo, en manos de unos pocos, de tal suerte que unos cuantos hombres opulentos y riqu铆simos han puesto sobre los hombros de la innumerable multitud de proletarios un yugo casi de esclavos


I. SOCIALISMO

     la propiedad privada
     los bienes creados
     la propiedad y las leyes
     Familia y Estado
     comunismo = miseria



I. SOCIALISMO

3. Para remedio de este mal los Socialistas, despu茅s de excitar en los pobres el odio a los ricos, pretenden que es preciso acabar con la propiedad privada y sustituirla por la colectiva, en la que los bienes de cada uno sean comunes a todos, atendiendo a su conservaci贸n y distribuci贸n los que rigen el municipio o tienen el gobierno general del Estado. Pasados as铆 los bienes de manos de los particulares a las de la comunidad y repartidos, por igual, los bienes y sus productos, entre todos los ciudadanos, creen ellos que pueden curar radicalmente el mal hoy d铆a existente.

Pero este su m茅todo para resolver la cuesti贸n es tan poco a prop贸sito para ello, que m谩s bien no hace sino da帽ar a los mismos obreros; es, adem谩s, injusto por muchos t铆tulos, pues conculca los derechos de los propietarios leg铆timos, altera la competencia y misi贸n del Estado y trastorna por completo el orden social.

la propiedad privada

4. F谩cil es, en verdad, el comprender que la finalidad del trabajo y su intenci贸n pr贸xima es, en el obrero, el procurarse las cosas que pueda poseer como suyas propias. Si 茅l emplea sus fuerzas y su actividad en beneficio de otro, lo hace a fin de procurarse todo lo necesario para su alimentaci贸n y su vida; y por ello, mediante su trabajo, adquiere un verdadero y perfecto derecho no s贸lo de exigir su salario, sino tambi茅n de emplear 茅ste luego como quiera. Luego si gastando poco lograre ahorrar algo y, para mejor guardar lo ahorrado, lo colocare en adquirir una finca, es indudable que esta finca no es sino el mismo salario bajo otra especie; y, por lo tanto, la finca, as铆 comprada por el obrero, debe ser tan suya propia como el salario ganado por su trabajo. Ahora bien: precisamente en esto consiste, como f谩cilmente entienden todos, el dominio de los bienes, sean muebles o inmuebles. Por lo tanto, al hacer com煤n toda propiedad particular, los socialistas empeoran la condici贸n de los obreros porque, al quitarles la libertad de emplear sus salarios como quisieren, por ello mismo les quitan el derecho y hasta la esperanza de aumentar el patrimonio dom茅stico y de mejorar con sus utilidades su propio estado.

5. Pero lo m谩s grave es que el remedio por ellos propuesto es una clara injusticia, porque la propiedad privada es un derecho natural del hombre. -Porque en esto es, en efecto, muy grande la diferencia entre el hombre y los brutos. Estos no se gobiernan a s铆 mismos, sino que les gobiernan y rigen dos instintos naturales: de una parte, mantienen en ellos despierta la facultad de obrar y
desarrollan sus fuerzas oportunamente; y de otra, provocan y limitan cada uno de sus movimientos. Con un instinto atienden a su propia conservaci贸n, por el otro se inclinan a conservar la especie. Para conseguir los dos fines perfectamente les basta el uso de las cosas ya existentes, que est谩n a su alcance; y no podr铆an ir m谩s all谩, porque se mueven s贸lo por el sentido y por las sensaciones particulares de las cosas. -Muy distinta es la naturaleza del hombre. En 茅l se halla la plenitud de la vida sensitiva, y por ello puede, como los otros animales, gozar los bienes de la naturaleza material. Pero la naturaleza animal, aun pose铆da en toda perfecci贸n, dista tanto de circunscribir a la naturaleza humana, que le queda muy inferior y aun ha nacido para estarle sujeta y obedecerla. Lo que por antonomasia distingue al hombre, d谩ndole el car谩cter de tal -y en lo que se diferencia completamente de los dem谩s animales- es la inteligencia, esto es, la raz贸n. Y precisamente porque el hombre es animal razonable, necesario es atribuirle no s贸lo el uso de los bienes presentes, que es com煤n a todos los animales, sino tambi茅n el usarlos estable y perpetuamente, ya se trate de las cosas que se consumen con el uso, ya de las que permanecen, aunque se usen.

los bienes creados

6. Y todo esto resulta aun m谩s evidente, cuando se estudia en s铆 y m谩s profundamente la naturaleza humana. El hombre, pues, al abarcar con su inteligencia cosas innumerables, al unir y encadenar tambi茅n las futuras con las presentes y al ser due帽o de sus acciones, es -茅l mismo- quien bajo la ley eterna y bajo la providencia universal de Dios se gobierna a s铆 mismo con la providencia de su albedr铆o: por ello en su poder est谩 el escoger lo que juzgare m谩s conveniente para su propio bien, no s贸lo en el momento presente sino tambi茅n para el futuro. De donde se exige que en el hombre ha de existir no s贸lo el dominio de los frutos de la tierra sino tambi茅n la propiedad de la misma tierra, pues de su fertilidad ve c贸mo se le suministran las cosas necesarias para el porvenir. Las exigencias de cada hombre tienen, por decirlo as铆, un sucederse de vueltas perpetuas de tal modo que, satisfechas hoy, tornan ma帽ana a  aparecer imperiosas. Luego la naturaleza ha tenido que dar al hombre el derecho a bienes estables y perpetuos, que correspondan a la perpetuidad del socorro que necesita. Y semejantes bienes 煤nicamente los puede suministrar la tierra con su inagotable fecundidad.

No hay raz贸n alguna para recurrir a la providencia del Estado; porque, siendo el hombre anterior al Estado, recibi贸 aqu茅l de la naturaleza el derecho de proveer a s铆 mismo, aun antes de que se constituyese la sociedad.

7. Pero el hecho de que Dios haya dado la tierra a todo el linaje humano, para usarla y disfrutarla, no se opone en modo alguno al derecho de la propiedad privada. Al decir que Dios concedi贸 en com煤n la tierra al linaje humano, no se quiere significar que todos los hombres tengan indistintamente dicho dominio, sino que, al no haber se帽alado a ninguno, en particular, su parte propia, dej贸 dicha delimitaci贸n a la propia actividad de los hombres y a la legislaci贸n de cada pueblo. -Por lo dem谩s, la tierra, aunque est茅 dividida entre particulares, contin煤a sirviendo al beneficio de todos, pues nadie hay en el mundo que de aqu茅lla no reciba su sustento. Quienes carecen de capital, lo suplen con su trabajo: y as铆, puede afirmarse la verdad de que el medio de proveer de lo necesario se halla en el trabajo empleado o en trabajar la propia finca o en el ejercicio de alguna actividad, cuyo salario -en 煤ltimo t茅rmino- se saca de los m煤ltiples frutos de la tierra o se permuta por ellos.

De todo esto se deduce, una vez m谩s, que la propiedad privada es indudablemente conforme a la naturaleza. Porque las cosas necesarias para la vida y para su perfecci贸n son ciertamente producidas por la tierra, con gran abundancia, pero a condici贸n de que el hombre la cultive y la cuide con todo empe帽o. Ahora bien: cuando en preparar estos bienes materiales emplea el hombre la actividad de su inteligencia y las fuerzas de su cuerpo, por ello mismo se aplica a s铆 mismo aquella parte de la naturaleza material que cultiv贸 y en la que dej贸 impresa como una figura de su propia persona: y as铆 justamente el hombre puede reclamarla como suya, sin que en modo alguno pueda nadie violentar su derecho.

la propiedad y las leyes

8. Es tan clara la fuerza de estos argumentos, que no se entiende c贸mo hayan podido contradecirlos quienes, resucitando viejas utop铆as, conceden ciertamente al hombre el uso de la tierra y de los frutos tan diversos de los campos; pero le niegan totalmente el dominio exclusivo del suelo donde haya edificado, o de la hacienda que haya cultivado. Y no se dan cuenta de que en esta forma defraudan al hombre de las cosas adquiridas con su trabajo. Porque un campo trabajado por la mano y la ma帽a de un cultivador, ya no es el campo de antes: de silvestre, se hace fruct铆fero; y de infecundo, feraz. De otra parte, las mejoras de tal modo se adaptan e identifican con aquel terreno, que la mayor parte de ellas son inseparables del mismo. Y si esto es as铆, ¿ser铆a justo que alguien disfrutara aquello que no ha trabajado, y entrara a gozar sus frutos? Como los efectos siguen a su causa, as铆 el fruto del trabajo en justicia pertenece a quienes trabajaron. Con raz贸n, pues, todo el linaje humano, sin cuidarse de unos pocos contradictores, atento s贸lo a la ley de la naturaleza, en esta misma ley encuentra el fundamento de la divisi贸n de los bienes y solemnemente, por la pr谩ctica de todos los tiempos, consagr贸 la propiedad privada como muy conforme a la naturaleza humana, as铆 como a la pac铆fica y tranquila convivencia social. -Y las leyes civiles que, cuando son justas, derivan de la misma ley natural su propia facultad y eficacia, confirman tal derecho y lo aseguran con la protecci贸n de su p煤blica autoridad. -Todo ello se halla sancionado por la misma ley divina, que prohibe estrictamente aun el simple deseo de lo ajeno: No desear谩s la mujer de tu pr贸jimo; ni la casa, ni el campo, ni la sierva, ni el buey, ni el asno, ni otra cosa cualquiera de todas las que le pertenecen[1].

Familia y Estado

9. El derecho individual adquiere un valor mucho mayor, cuando lo consideramos en sus relaciones con los deberes humanos dentro de la sociedad dom茅stica. -No hay duda de que el hombre es completamente libre al elegir su propio estado: ora siguiendo el consejo evang茅lico de la virginidad, ora oblig谩ndose por el matrimonio. El derecho del matrimonio es natural y primario de cada hombre: y no hay ley humana alguna que en alg煤n modo pueda restringir la finalidad principal del matrimonio, constituida ya desde el principio por la autoridad del mismo Dios: Creced y multiplicaos[2]. He aqu铆 ya a la familia, o sociedad dom茅stica, sociedad muy peque帽a en verdad, pero verdadera sociedad y anterior a la constituci贸n de toda sociedad civil, y, por lo tanto, con derechos y deberes que de ning煤n modo dependen del Estado. Luego aquel derecho que demostramos ser natural, esto es, el del dominio individual de las cosas, necesariamente deber谩 aplicarse tambi茅n al hombre como cabeza de familia; aun m谩s, tal derecho es tanto mayor y m谩s fuerte cuanto mayores notas comprende la personalidad humana en la sociedad dom茅stica.

10. Ley plenamente inviolable de la naturaleza es que todo padre de familia defienda, por la alimentaci贸n y todos los medios, a los hijos que engendrare; y asimismo la naturaleza misma le exige el que quiera adquirir y preparar para sus hijos, pues son imagen del padre y como continuaci贸n de su personalidad, los medios con que puedan defenderse honradamente de todas las miserias en el dif铆cil curso de la vida. Pero esto no lo puede hacer de ning煤n otro modo que transmitiendo en herencia a los hijos la posesi贸n de los bienes fruct铆feros.

A la manera que la convivencia civil es una sociedad perfecta, tambi茅n lo es -seg煤n ya dijimos- y del mismo modo la familia, la cual es regida por una potestad privativa, la paternal. Por lo tanto, respetados en verdad los l铆mites de su propio fin, la familia tiene al menos iguales derechos que la sociedad civil, cuando se trata de procurarse y usar los bienes necesarios para su existencia y justa libertad. Dijimos al menos iguales: porque siendo la familia l贸gica e hist贸ricamente anterior a la sociedad civil, sus derechos y deberes son necesariamente anteriores y m谩s naturales. Por lo tanto, si los ciudadanos o las familias, al formar parte de la sociedad civil, encontraran en el Estado dificultades en vez de auxilio, disminuci贸n de sus derechos en vez de tutela de los mismos, tal sociedad civil ser铆a m谩s de rechazar que de desear.

11. Es, por lo tanto, error grande y pernicioso pretender que el Estado haya de intervenir a su arbitrio hasta en lo m谩s 铆ntimo de las familias. -Ciertamente que si alguna familia se encontrase tal vez en tan extrema necesidad que por sus propios medios no pudiera salir de ella, es justa la intervenci贸n del poder p煤blico ante necesidad tan grave, porque cada una de las familias es una parte de la sociedad. Igualmente, si dentro del mismo hogar dom茅stico se produjera una grave perturbaci贸n de los derechos mutuos, el Estado puede intervenir para atribuir a cada uno su derecho; pero esto no es usurpar los derechos de los ciudadanos, sino asegurarlos y defenderlos con una protecci贸n justa y obligada. Pero aqu铆 debe pararse el Estado: la naturaleza no consiente
el que vaya m谩s all谩. La patria potestad es de tal naturaleza, que no puede ser extinguida ni absorbida por el Estado, como derivada que es de la misma fuente que la vida de los hombres. Los hijos son como algo del padre, una extensi贸n, en cierto modo, de su persona: y, si queremos hablar con propiedad, los hijos no entran a formar parte de la sociedad civil por s铆 mismos, sino a trav茅s de la familia, dentro de la cual han nacido. Y por esta misma raz贸n de que los hijos son naturalmente algo del padre..., antes de que tengan el uso de su libre albedr铆o, est谩n bajo los cuidados de los padres[3]. Luego cuando los socialistas sustituyen la providencia de los padres por la del Estado, van contra la justicia natural, y disuelven la trabaz贸n misma de la sociedad dom茅stica.

comunismo = miseria

12. Adem谩s de la injusticia, se ve con demasiada claridad cu谩l ser铆a el trastorno y perturbaci贸n en todos los 贸rdenes de la sociedad, y cu谩n dura y odiosa ser铆a la consiguiente esclavitud de los ciudadanos, que se seguir铆an. Abierta estar铆a ya la puerta para los odios mutuos, para las calumnias y discordias; quitado todo est铆mulo al ingenio y diligencia de cada uno, secar铆anse necesariamente las fuentes mismas de la riqueza; y la dignidad tan so帽ada en la fantas铆a no ser铆a otra cosa que una situaci贸n universal de miseria y abyecci贸n para todos los hombres sin distinci贸n alguna.

Todas estas razones hacen ver c贸mo aquel principio del socialismo, sobre la comunidad de bienes, repugna plenamente porque da帽a aun a aquellos mismos a quienes se quer铆a socorrer; repugna a los derechos por naturaleza privativos de cada hombre y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad com煤n. Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condici贸n de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de reputarse inviolable. Y supuesto ya esto, vamos a exponer d贸nde ha de encontrarse el remedio que se intenta buscar.

[1] Deut. 5, 21.
[2] Gen. 1, 28.
[3] S. Th. 2. 2ae., 10, 12.
II. LA IGLESIA Y EL PROBLEMA

     concordia, no lucha
     patronos y obreros
     riquezas, posesi贸n y uso
     trabajo
     bienes de naturaleza y de gracia
     ejemplo de la Iglesia
     caridad de la Iglesia


II. LA IGLESIA Y EL PROBLEMA

SOCIAL

13. Con plena confianza, y por propio derecho Nuestro, entramos a tratar de esta materia: se trata ciertamente de una cuesti贸n en la que no es aceptable ninguna soluci贸n si no se recurre a la religi贸n y a la Iglesia. Y como quiera que la defensa de la religi贸n y la administraci贸n de los bienes que la Iglesia tiene en su poder, se halla de modo muy principal en Nos, faltar铆amos a Nuestro deber si call谩ramos. -Problema 茅ste tan grande, que ciertamente exige la cooperaci贸n y m谩xima actividad de otros tambi茅n: Nos referimos a los gobernantes, a los amos y a los ricos, pero tambi茅n a los mismos obreros, de cuya causa se trata; y afirmamos con toda verdad que ser谩n in煤tiles todos los esfuerzos futuros que se hagan, si se prescinde de la Iglesia. De hecho la Iglesia es la que saca del Evangelio las doctrinas, gracias a las cuales, o ciertamente se resolver谩 el conflicto, o al menos
podr谩 lograrse que, limando asperezas, se haga m谩s suave: ella -la Iglesia- procura con sus ense帽anzas no tan s贸lo iluminar las inteligencias, sino tambi茅n regir la vida y costumbres de cada uno con sus preceptos; ella, mediante un gran n煤mero de ben茅ficas instituciones, mejora la condici贸n misma de las clases proletarias; ella quiere y solicita que los pensamientos y actividad de todas las clases sociales se unan y conspiren juntos para mejorar en cuanto sea posible la condici贸n de los obreros; y piensa ella tambi茅n que, dentro de los debidos l铆mites en las soluciones  en su aplicaci贸n, el Estado mismo ha de dirigir a esta finalidad sus mismas leyes y toda su autoridad, pero con la debida justicia y moderaci贸n.

concordia, no lucha

14. Como primer principio, pues, debe establecerse que hay que respetar la condici贸n propia de la humanidad, es decir, que es imposible el quitar, en la sociedad civil, toda desigualdad. Lo andan intentando, es verdad, los socialistas; pero toda tentativa contra la misma naturaleza de las cosas resultar谩 in煤til. En la naturaleza de los hombres existe la mayor variedad: no todos poseen el mismo ingenio, ni la misma actividad, salud o fuerza: y de diferencias tan inevitables s铆guense necesariamente las diferencias de las condiciones sociales, sobre todo en la fortuna. -Y ello es en beneficio as铆 de los particulares como de la misma sociedad; pues la vida com煤n necesita aptitudes varias y oficios diversos; y es la misma diferencia de fortuna, en cada uno, la que sobre todo
impulsa a los hombres a ejercitar tales oficios. Y por lo que toca al trabajo corporal, el hombre en el estado mismo de inocencia no hubiese permanecido inactivo por completo: la realidad es que entonces su voluntad hubiese deseado como un natural deleite de su alma aquello que despu茅s la necesidad le oblig贸 a cumplir no sin molestia, para expiaci贸n de su culpa: Maldita sea la tierra en tu trabajo, t煤 comer谩s de ella fatigosamente todos los d铆as de tu vida[4]. -Por igual raz贸n en la tierra no habr谩 fin para los dem谩s dolores, porque los males consiguientes al pecado son 谩speros, duros y dif铆ciles para sufrirse; y necesariamente acompa帽ar谩n al hombre hasta el 煤ltimo momento de su vida. Y, por lo tanto, el sufrir y el padecer es herencia humana; pues de ning煤n
modo podr谩n los hombres lograr, cualesquiera que sean sus experiencias e intentos, el que desaparezcan del mundo tales sufrimientos. Quienes dicen que lo pueden hacer, quienes a las clases pobres prometen una vida libre de todo sufrimiento y molestias, y llena de descanso y perpetuas alegr铆as, enga帽an miserablemente al pueblo arrastr谩ndolo a males mayores a煤n que los presentes. Lo mejor es enfrentarse con las cosas humanas tal como son; y al mismo tiempo buscar en otra parte, seg煤n dijimos, el remedio de los males.

15. En la presente cuesti贸n, la mayor equivocaci贸n es suponer que una clase social necesariamente sea enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiese hecho a los ricos y a los proletarios para luchar entre s铆 con una guerra siempre incesante. Esto es tan contrario a la verdad y a la raz贸n que m谩s bien es verdad el hecho de que, as铆 como en el cuerpo humano los diversos miembros se ajustan entre s铆 dando como resultado cierta moderada disposici贸n que podr铆amos llamar simetr铆a, del mismo modo la naturaleza ha cuidado de que en la sociedad dichas dos clases hayan de armonizarse concordes entre s铆, correspondi茅ndose oportunamente para lograr el equilibrio. Una clase tiene absoluta necesidad de la otra: ni el capital puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. La concordia engendra la hermosura y el orden de las cosas; por lo contrario, de una lucha perpetua necesariamente ha de surgir la confusi贸n y la barbarie. Ahora bien: para acabar con la lucha, cortando hasta sus ra铆ces mismas, el cristianismo tiene una fuerza exuberante y maravillosa.

Y, en primer lugar, toda la ense帽anza cristiana, cuyo int茅rprete y depositaria es la Iglesia, puede en alto grado conciliar y poner acordes mutuamente a ricos y proletarios, recordando a unos y a otros sus mutuos deberes, y ante todo los que la justicia les impone.

patronos y obreros

16. Obligaciones de justicia, para el proletario y el obrero, son 茅stas: cumplir 铆ntegra y fielmente todo lo pactado en libertad y seg煤n justicia; no causar da帽o alguno al capital, ni da帽ar a la persona de los amos; en la defensa misma de sus derechos abstenerse de la violencia, y no transformarla en rebeli贸n; no mezclarse con hombres malvados, que con todas ma帽as van ofreciendo cosas exageradas y grandes promesas, no logrando a la postre sino desenga帽os in煤tiles y destrucci贸n de fortunas.

He aqu铆, ahora, los deberes de los capitalistas y de los amos: no tener en modo alguno a los obreros como a esclavos; respetar en ellos la dignidad de la persona humana, ennoblecida por el car谩cter cristiano. Ante la raz贸n y ante la fe, el trabajo, realizado por medio de un salario, no degrada al hombre, antes le ennoblece, pues lo coloca en situaci贸n de llevar una vida honrada mediante 茅l. Pero es verdaderamente vergonzoso e inhumano el abusar de los hombres, como si no fuesen m谩s que cosas, exclusivamente para las ganancias, y no estimarlos sino en tanto cuando valgan sus m煤sculos y sus fuerzas. Asimismo est谩 mandado que ha de tenerse buen cuidado de todo cuanto toca a la religi贸n y a los bienes del alma, en los proletarios. Por lo tanto, a los amos corresponde hacer que el obrero tenga libre el tiempo necesario para sus deberes religiosos; que no se le haya de exponer a seducciones corruptoras y a peligros de pecar; que no haya raz贸n alguna para alejarle del esp铆ritu de familia y del amor al ahorro. De ning煤n modo se le impondr谩n trabajos desproporcionados a sus fuerzas, o que no se avengan con su sexo y edad.

17. Y el principal铆simo entre todos los deberes de los amos es el dar a cada uno lo que se merezca en justicia. Determinar la medida justa del salario depende de muchas causas: pero en general, tengan muy presente los ricos y los amos que ni las leyes divinas ni las humanas les permiten oprimir, en provecho propio, a los necesitados y desgraciados, buscando la propia ganancia en la miseria de su pr贸jimo.

Defraudar, adem谩s, a alguien el salario que se le debe, es pecado tan enorme que clama al cielo venganza: Mirad que el salario de los obreros... que defraudasteis, est谩 gritando: y este grito de ellos ha llegado hasta herir los o铆dos del Se帽or de los ej茅rcitos[5]. Finalmente, deber de los ricos es, y grave, que no da帽en en modo alguno a los ahorros de los obreros, ni por la fuerza, ni por dolo, ni con artificio de usura: deber tanto m谩s riguroso, cuanto m谩s d茅bil y menos defendido se halla el obrero, y cuanto m谩s peque帽os son dichos ahorros.

18. La obediencia a estas leyes, ¿acaso no podr铆a ser suficiente para mitigar por s铆 sola y hacer cesar las causas de esta contienda? Pero la Iglesia, guiada por las ense帽anzas y por el ejemplo de Cristo, aspira a cosas mayores: esto es, se帽alando algo m谩s perfecto, busca el aproximar, cuanto posible le sea, a las dos clases, y aun hacerlas amigas. -En verdad que no podemos comprender y estimar las cosas temporales, si el alma no se fija plenamente en la otra vida, que es inmortal; quitada la cual, desaparecer铆a inmediatamente toda idea de bien moral, y aun toda la creaci贸n se convertir铆a en un misterio inexplicable para el hombre. As铆, pues, lo que conocemos aun por la misma naturaleza es en el cristianismo un dogma, sobre el cual, como sobre su fundamento principal, reposa todo el edificio de la religi贸n, es a saber: que la verdadera vida del hombre comienza con la salida de este mundo. Porque Dios no nos ha creado para estos bienes fr谩giles y caducos, sino para los eternos y celestiales; y la tierra nos la dio como lugar de destierro, no como patria definitiva. Carecer de riquezas y de todos los bienes, o abundar en ellos, nada importa para la eterna felicidad; lo que importa es el uso que de ellos se haga. Jesucristo -mediante su copiosa redenci贸n- no suprimi贸 en modo alguno las diversas tribulaciones de que esta vida se halla entretejida, sino que las convirti贸 en excitaciones para la virtud y en materia de m茅rito, y ello de tal suerte que ning煤n mortal puede alcanzar los premios eternos, si no camina por las huellas sangrientas del mismo Jesucristo: Si constantemente sufrimos, tambi茅n reinaremos con El[6]. Al tomar El espont谩neamente sobre s铆 los dolores y sufrimientos, mitig贸 de modo admirable la fuerza de los mismos, y ello no ya s贸lo con el ejemplo, sino tambi茅n con su gracia y con la esperanza del ofrecido galard贸n que hace mucho m谩s f谩cil el sufrimiento del dolor: Porque lo que al presente es tribulaci贸n nuestra, moment谩nea y ligera, produce en nosotros de modo maravilloso un caudal eterno e inconmensurable de gloria[7]. -Sepan, pues, muy bien los afortunados de este mundo que las riquezas ni libran del dolor, ni contribuyen en nada a la felicidad eterna, y antes pueden da帽arla[8]; que, por lo tanto, deben temblar los ricos, ante las amenazas extraordinariamente severas de Jesucristo[9]; y que llegar谩 d铆a en que habr谩n de dar cuenta muy rigurosa, ante Dios como juez, del uso que hubieren hecho de las riquezas.

riquezas, posesi贸n y uso

19. Sobre el uso de las riquezas, tan excelente como muy importante es la doctrina que, vislumbrada por los fil贸sofos antiguos, ha sido ense帽ada y perfeccionada por la Iglesia -la cual, adem谩s, hace que no se quede en pura especulaci贸n, sino que descienda al terreno pr谩ctico e informe la vida-: fundamental en tal doctrina es el distinguir ente la posesi贸n leg铆tima y el uso ileg铆timo.

Derecho natural del hombre, como vimos, es la propiedad privada de bienes, pues que no s贸lo es l铆cito sino absolutamente necesario -en especial, en la sociedad- el ejercicio de aquel derecho. L铆cito es -dice Santo Tom谩s- y aun necesario para la vida humana que el hombre tenga propiedad de algunos bienes[10]. Mas, si luego se pregunta por el uso de tales bienes, la Iglesia no duda en responder: Cuanto a eso, el hombre no ha de tener los bienes externos como propios, sino como comunes, de suerte que f谩cilmente los comunique con los dem谩s cuando lo necesitaren. Y as铆 dice el Ap贸stol: Manda a los ricos de este mundo que con facilidad den
y comuniquen lo suyo propio[11]. Nadie, es verdad, viene obligado a auxiliar a los dem谩s con lo que para s铆 necesitare o para los suyos, aunque fuere para el conveniente o debido decoro propio, pues nadie puede dejar de vivir como a su estado convenga[12]; pero, una vez satisfecha la necesidad y la conveniencia, es un deber el socorrer a los necesitados con lo superfluo: Lo que sobrare dadlo en limosna[13]. Exceptuados los casos de verdadera y extrema necesidad, aqu铆 ya no se trata de obligaciones de justicia, sino de caridad cristiana, cuyo cumplimiento no se puede -ciertamente- exigir jur铆dicamente. Mas, por encima de las leyes y de los juicios de los hombres est谩n la ley y el juicio de Cristo, que de muchos modos inculca la pr谩ctica de dar con generosidad, y ense帽a que es mejor dar que recibir[14] y que tendr谩 como hecha o negada a S铆 mismo la caridad hecha o negada a los necesitados: Cuanto hicisteis a uno de estos peque帽os de mis hermanos, a m铆 me lo hicisteis[15].

En resumen: quienes de la munificencia de Dios han recibido mayor abundancia de bienes, ya exteriores y corporales, ya internos y espirituales, los han recibido a fin de servirse de ellos para su perfecci贸n, y al mismo tiempo, como administradores de la divina Providencia, en beneficio de los dem谩s. Por lo tanto, el que tenga talento cuide no callar; el que abundare en bienes, cuide no ser demasiado duro en el ejercicio de la misericordia; quien posee un oficio de que vivir, haga participante de sus ventajas y utilidades a su pr贸jimo[16].

trabajo

20. A los pobres les ense帽a la Iglesia que ante Dios la pobreza no es deshonra, ni sirve de verg眉enza el tener que vivir del trabajo propio. Verdad, que Cristo confirm贸 en la realidad con su ejemplo; pues, por la salud de los hombres h铆zose pobre 茅l que era rico[17] y, siendo Hijo de Dios y Dios mismo, quiso aparecer y ser tenido como hijo de un artesano, y trabajando pas贸 la mayor parte de su vida: Pero ¿no es 茅ste el artesano, el hijo de Mar铆a?[18]. Ante ejemplo tan divino f谩cilmente se comprende que la verdadera dignidad y grandeza del hombre sea toda moral, esto es, puesta en las virtudes; que la virtud sea un patrimonio com煤n al alcance, por igual, de los grandes y de los peque帽os, de los ricos y de los proletarios: pues s贸lo a las obras virtuosas, en
cualquiera que se encuentren, est谩 reservado el premio de la eterna bienaventuranza. M谩s a煤n: parece que Dios tiene especial predilecci贸n por los infelices. Y as铆 Jesucristo llama bienaventurados a los pobres[19]. A quienes est谩n en trabajo o aflicci贸n, dulcemente los invita a buscar consuelo en El[20]; con singular amor abraza a los d茅biles y a los perseguidos. Verdades 茅stas de gran eficacia para rebajar a los ricos en su orgullo, para quitar a los pobres su abatimiento: con ello, las distancias -tan rebuscadas por el orgullo- se acortan y ya no es dif铆cil que las dos clases, d谩ndose la mano, se vuelvan a la amistad y uni贸n de voluntades.

bienes de naturaleza y de gracia

21. Mas, si las dos clases obedecen a los mandatos de Cristo, no les bastar谩 una simple amistad,
querr谩n darse el abrazo del amor fraterno. Porque habr谩n conocido y entender谩n c贸mo todos los hombres tienen el mismo origen com煤n en Dios padre: que todos se dirigen a Dios, su fin 煤ltimo, el 煤nico que puede hacer felices a los hombres y a los 谩ngeles; que todos han sido igualmente redimidos por Cristo, y por 茅l llamados a la dignidad de hijos de Dios, de tal suerte, que se hallan unidos, no s贸lo entre s铆, sino tambi茅n con Cristo Se帽or -el primog茅nito entre los muchos hermanos- por el v铆nculo de una santa fraternidad. Conocer谩n y comprender谩n que los bienes de naturaleza y de gracia son patrimonio com煤n del linaje humano; y que nadie, a no hacerse indigno, ser谩 desheredado de los bienes celestiales: Si, pues, hijos, tambi茅n herederos; herederos de Dios y coherederos de Jesucristo[21].

Tal es el ideal de derechos y deberes que ense帽a el Evangelio. Si esta doctrina informara a la sociedad humana, ¿no se acabar铆a r谩pidamente toda contienda?



ejemplo de la Iglesia

22. Ni se contenta la Iglesia con se帽alar el mal; aplica ella misma, con sus manos, la medicina. Entregada por completo a formar a los hombres en estas doctrinas, procura que las aguas saludables de sus ense帽anzas lleguen a todos ellos, vali茅ndose de la cooperaci贸n de los Obispos y del Clero. Al mismo tiempo se afana por influir en los esp铆ritus e inclinar las voluntades, para que se dejen gobernar por los divinos preceptos. Y en esta parte, la m谩s importante de todas, pues de ella depende en realidad todo avance, tan s贸lo la Iglesia tiene eficacia verdadera. Porque los instrumentos que emplea para mover los 谩nimos, le fueron dados para este fin por Jesucristo, y tienen virtud divina en s铆: tan s贸lo ellos pueden penetrar hasta lo m谩s 铆ntimo de los corazones y obligar a los hombres a que obedezcan a la voz de su deber, a que refrenen las pasiones, a que amen con singular y sumo amor a Dios y al pr贸jimo, y a que con valor se destruyan todos los obst谩culos que se le atraviesan en el camino de la virtud.

Y en esto basta se帽alar de paso los ejemplos antiguos. Recordamos hechos y cosas, que se hallan fuera de toda duda: esto es, que gracias al cristianismo fue plenamente transformada la sociedad humana; que esta transformaci贸n fue un verdadero progreso para la humanidad y hasta una resurrecci贸n de la muerte a la vida moral, as铆 como una perfecci贸n nunca vista antes, y que dif铆cilmente se lograr谩 en el porvenir; finalmente, que Jesucristo es el principio y el fin de estos beneficios que, como vienen de 茅l, en 茅l han de terminar. Habiendo, en efecto, conocido el mundo, por la luz del evangelio, el gran misterio de la Encarnaci贸n del Verbo y de la redenci贸n humana, la vida de Jesucristo Dios y Hombre penetr贸 en toda la sociedad civil, que as铆 quedo imbuida con su fe, sus preceptos y sus leyes.

Por lo tanto, si ha de haber alg煤n remedio para los males de la humanidad, 茅sta no lo encontrar谩 sino en la vuelta a la vida y a las costumbres cristianas. Indudable verdad es que, para reformar a una sociedad decadente, preciso es conducirla de nuevo a los principios que le dieron ser. Porque la perfecci贸n de toda sociedad humana consiste en dirigirse y llegar al fin para el que fue instituida, de tal suerte que el principio regenerador de los movimientos y de los actos sociales sea el mismo que dio origen a la sociedad. Corrupci贸n es desviarla de su primitiva finalidad: volverla a ella, es la salvaci贸n. Y si esto es verdad de toda sociedad humana, lo es tambi茅n de la clase trabajadora, parte la m谩s numerosa de aqu茅lla.

23. Y no se crea que la acci贸n de la Iglesia est茅 tan 铆ntegra y exclusivamente centrada en la salvaci贸n de las almas, que se olvide de cuanto pertenece a la vida mortal y terrena. -Concretamente quiere y trabaja para que los proletarios salgan de su desgraciado estado, y mejoren su situaci贸n. Y esto lo hace ella, ante todo, indirectamente, llamando a los hombres a la virtud y form谩ndolos en ella. Las costumbres cristianas, cuando son y en verdad se mantienen tales, contribuyen tambi茅n de por s铆 a la felicidad terrenal: porque atraen las bendiciones de Dios, principio y fuente de todo bien; refrenan el ansia de las cosas y la sed de los placeres, azotes verdaderos que hacen miserable al hombre aun en la misma abundancia de todas las cosas[22]: se contentan con una vida frugal y suplen la escasez del salario con el ahorro, alej谩ndose de los vicios que consumen no s贸lo las peque帽as fortunas sino tambi茅n las grandes, y que arruinan los m谩s ricos patrimonios.

caridad de la Iglesia

24. M谩s a煤n: la Iglesia contribuye directamente al bien de los proletarios, creando y promoviendo cuanto pueda aliviarles en algo; y en ello se distingui贸 tanto que se atrajo la admiraci贸n y alabanza de los mismos enemigos. Ya en el coraz贸n de los primitivos cristianos era tan poderosa la caridad fraterna, que con frecuencia los m谩s ricos se despojaban de sus bienes para socorrer a los dem谩s, hasta tal punto que entre ellos no hab铆a ning煤n necesitado[23]. A lo di谩conos, instituidos precisamente para ello, dieron los Ap贸stoles la misi贸n de ejercitar la beneficencia cotidiana; y San Pablo, el Ap贸stol por antonomasia, aun bajo el peso de la solicitud de todas las Iglesias, no dud贸 en entregarse a los viajes m谩s peligrosos para llevar personalmente las colectas a los cristianos m谩s pobres. Dep贸sitos de piedad llama Tertuliano a estas ofertas, hechas espont谩neamente por los fieles en cada reuni贸n, porque se empleaban en alimentar y sepultar a los pobres, y en
auxiliar a los ni帽os y ni帽as hu茅rfanos, as铆 como a los ancianos y a los n谩ufragos[24].

Poco a poco se fue formando as铆 aquel patrimonio, que la Iglesia guard贸 siempre religiosamente como herencia propia de los pobres. Y 茅stos, gracias a nuevos y determinados socorros, se vieron libres de la verg眉enza de pedir. Pues ella, como madre com煤n de los pobres y de los ricos, excitando doquier la caridad hasta el hero铆smo, cre贸 贸rdenes religiosas y otras ben茅ficas instituciones que ninguna clase de miseria dejaron sin socorrer y consolar. Todav铆a hoy muchos, como antes los gentiles, hasta censuran a la Iglesia por caridad tan excelente, y determinan sustituirla por medio de la beneficencia civil. Pero no hay recursos humanos capaces de suplir la caridad cristiana, cuando se entrega por completo al bien de los dem谩s. Y no puede ser ella sino una virtud de la Iglesia, porque es virtud que mana abundante tan s贸lo del Sacrat铆simo Coraz贸n de Jesucristo: pero muy lejos de Cristo anda perdido quien se halla alejado de la Iglesia.


[4] Gen. 3, 17.
[5] Iac. 5, 4.
[6] 2 Tim. 2, 12.
[7] 2 Cor. 4, 17.
[8] Cf. Mat. 19, 23-24.
[9] Cf. Luc. 6, 24-25.
[10] 2. 2ae., 66, 2.
[11] Ibid.
[12] 2. 2 ae., 32, 6.
[13] Luc. 11, 41.
[14] Act. 20, 25.
[15] Cf. Mat. 25, 40.
[16] S. Greg. M. In Evang. Hom. 9, n. 7.
[17] 2 Cor. 8, 9.
[18] Marc. 6, 3.
[19] Cf. Mat. 5, 3.
[20] Cf. Mat. 11, 28.
[21] Rom. 8, 17.
[22] Cf. 1 Tim. 6, 10.
[23] Act. 4, 34.
[24] Apolog. 2, 39.

III. DEBERES DEL ESTADO

     la prosperidad nacional
     gobierno; gobernados
     intervenci贸n del Estado
     la propiedad privada
     l铆mites del trabajo
     tutela de lo moral
     obreros - mujeres - ni帽os
     justo salario
     ahorro - propiedad


III. DEBERES DEL ESTADO

25. No hay duda de que, para resolver la cuesti贸n obrera, se necesitan tambi茅n los medios humanos. Cuantos en ella est谩n interesados, vienen obligados a contribuir, cada uno como le corresponda: y esto seg煤n el ejemplo del orden providencial que gobierna al mundo, pues el buen efecto es el producto de la armoniosa cooperaci贸n de todas las causas de las que depende.

Urge ya ahora investigar cu谩l debe ser el concurso del Estado. -Claro que hablamos del Estado, no como lo conocemos constituido ahora y como funciona en esta o en aquella otra naci贸n, sino que pensamos en el Estado seg煤n su verdadero concepto, esto es, en el que toma sus principios de la recta raz贸n, y en perfecta armon铆a con las doctrinas cat贸licas, tal como Nos mismo lo hemos expuesto en la Enc铆clica sobre la constituci贸n cristiana de los Estados.

la prosperidad nacional

26.       Ante todo, los gobernantes vienen obligados a cooperar en forma general con todo el conjunto de sus leyes e instituciones pol铆ticas, ordenando y administrando el Estado de modo que se promueva tanto la prosperidad privada como la p煤blica. Tal es de hecho el deber de la prudencia civil, y esta es la misi贸n de los regidores de los pueblos. Ahora bien; la prosperidad de las naciones se deriva especialmente de las buenas costumbres, de la recta y ordenada constituci贸n de las familias, de la guarda de la religi贸n y de la justicia, de la equitativa distribuci贸n de las cargas p煤blicas, del progreso de las industrias y del comercio, del florecer de la agricultura y de tantas otras cosas que, cuanto mejor fueren promovidas, m谩s contribuir谩n a la felicidad de los pueblos. -Ya por todo esto puede el Estado concurrir en forma extraordinaria al bienestar de las dem谩s clases, y tambi茅n a la de los proletarios: y ello, con pleno derecho suyo y sin hacerse sospechoso de indebidas ingerencias, porque proveer al bien com煤n es oficio y competencia del Estado. Por lo tanto, cuanto mayor sea la suma de las ventajas logradas por esta tan general previsi贸n, tanto menor ser谩 la necesidad de tener que acudir por otros procedimientos al bienestar de los obreros.

27. Pero ha de considerarse, adem谩s, algo que toca aun m谩s al fondo de esta cuesti贸n: esto es, que el Estado es una armoniosa unidad que abraza por igual a las clases inferiores y a las altas. Los proletarios son ciudadanos por el mismo derecho natural que los ricos: son ciudadanos, miembros verdaderos y vivientes de los que, a trav茅s de las familias, se compone el Estado, y aun puede decirse que son su mayor n煤mero. Y, si ser铆a absurdo el proveer a una clase de ciudadanos a costa de otra, es riguroso deber del Estado el preocuparse, en la debida forma, del bienestar de los obreros: al no hacerlo, se falta a la justicia que manda dar a cada uno lo suyo. Pues muy sabiamente advierte Santo Tom谩s: As铆 como la parte y el todo hacen un todo, as铆 cuanto es del todo es tambi茅n, en alg煤n modo, de la parte[25]. Por ello, entre los muchos y m谩s graves deberes de los gobernantes sol铆citos del bien p煤blico, se destaca primero el de proveer por igual a toda clase de ciudadanos, observando con inviolable imparcialidad la justicia distributiva.

Aunque todos los ciudadanos vienen obligados, sin excepci贸n alguna, a cooperar al bienestar com煤n, que luego se refleja en beneficio de los individuos, la cooperaci贸n no puede ser en todos ni igual ni la misma. C谩mbiense, y vuelvan a cambiarse, las formas de gobierno, pero siempre existir谩 aquella variedad y diferencia de clases, sin las que no puede existir ni siquiera concebirse la sociedad humana. Siempre habr谩 gobernantes, legisladores, jueces -en resumen, hombres que rijan la naci贸n en la paz, y la defiendan en la guerra-; y claro es que, al ser ellos la causa pr贸xima y eficaz del bien com煤n, forman la parte principal de la naci贸n. Los obreros no pueden cooperar al bienestar com煤n en el mismo modo y con los mismos oficios; pero verdad es que tambi茅n ellos concurren, muy eficazmente, con sus servicios. Y cierto es que el bienestar social, pues debe ser
en su consecuci贸n un bien que perfeccione a los ciudadanos en cuanto hombres, tiene que colocarse principalmente en la virtud.

Sin embargo, toda sociedad bien constituida ha de poder procurar una suficiente abundancia de bienes materiales y externos cuyo uso es necesario para el ejercicio de la virtud[26]. Y es indudable que para lograr estos bienes es de necesidad y suma eficacia el trabajo y actividad de los proletarios, ora se dediquen al trabajo de los campos, ora se ejerciten en los talleres. Suma, hemos dicho, y de tal suerte, que puede afirmarse, en verdad, que el trabajo de los obreros es el que logra formar la riqueza nacional. Justo es, por lo tanto, que el gobierno se interese por los obreros, haci茅ndoles participar de alg煤n modo en la riqueza que ellos mismos producen: tengan casa en que morar, vestidos con que cubrirse, de suerte que puedan pasar la vida con las menos dificultades posibles. Clara es, por lo tanto, la obligaci贸n de proteger cuanto posible todo lo que pueda mejorar la condici贸n de los obreros: semejante providencia, lejos de da帽ar a nadie, aprovechar谩 bien a todos, pues de inter茅s general es que no permanezcan en la miseria aquellos de quienes tanto provecho viene al mismo Estado.

gobierno; gobernados

28. No es justo -ya lo hemos dicho- que el ciudadano o la familia sean absorbidos por el Estado; antes bien, es de justicia que a uno y a otra se les deje tanta independencia para obrar como posible sea, quedando a salvo el bien com煤n y los derechos de los dem谩s. Sin embargo, los gobernantes han de defender la sociedad y sus distintas clases. La sociedad, porque la tutela de 茅sta fue conferida por la naturaleza a los gobernantes, de tal suerte que el bienestar p煤blico no s贸lo es la ley suprema sino la 煤nica y total causa y raz贸n de la autoridad p煤blica; y luego tambi茅n las clases, porque tanto la filosof铆a como el Evangelio coinciden en ense帽ar que la gobernaci贸n ha sido instituida, por su propia naturaleza, no para beneficio de los gobernantes, sino m谩s bien para el de los gobernados. Y puesto que el poder pol铆tico viene de Dios y no es sino una cierta participaci贸n de la divina soberan铆a, ha de administrarse a ejemplo de 茅sta, que con paternal preocupaci贸n provee no s贸lo a las criaturas en particular, sino a todo el conjunto del universo. Luego cuando a la sociedad o a alguna de sus clases se le haya causado un da帽o o le amenace 茅ste, necesaria es la intervenci贸n del Estado, si aqu茅l no se puede reparar o evitar de otro modo.

intervenci贸n del Estado

29. Ahora bien: interesa tanto al bien privado como al p煤blico, que se mantenga el orden y la tranquilidad p煤blicos; que la familia entera se ajuste a los mandatos de Dios y a los principios de la naturaleza; que sea respetada y practicada la religi贸n; que florezcan puras las costumbres privadas y las p煤blicas; que sea observada inviolablemente la justicia; que una clase de ciudadanos no oprima a otra; y que los ciudadanos se formen sanos y robustos, capaces de ayudar y de defender, si necesario fuere, a su patria. Por lo tanto, si, por motines o huelgas de los obreros, alguna vez se temen des贸rdenes p煤blicos; si se relajaren profundamente las relaciones naturales de la familia entre los obreros; si la religi贸n es violada en los obreros, por no dejarles tiempo tranquilo para cumplir sus deberes religiosos; si por la promiscuidad de los sexos y por otros incentivos de pecado, corre peligro la integridad de las costumbres en los talleres; si los patronos oprimieren a
los obreros con cargas injustas o mediante contratos contrarios a la personalidad y dignidad humana; si con un trabajo excesivo o no ajustado a las condiciones de sexo y edad, se da帽are a la salud de los mismos trabajadores: claro es que, en todos estos casos, es preciso emplear, dentro de los obligados l铆mites, la fuerza y la autoridad de las leyes. L铆mites que est谩n determinados por la misma causa o fin a que se deben las leyes: esto es, que las leyes no deben ir m谩s all谩 de lo que requiere el remedio del mal o el modo de evitar el peligro.

Los derechos, de quienquiera que sean, han de ser protegidos religiosamente, y el poder p煤blico tiene obligaci贸n de asegurar a cada uno el suyo, impidiendo o castigando toda violaci贸n de la justicia. Claro es que, al defender los derechos de los particulares, ha de tenerse un cuidado especial con los de la clase 铆nfima y pobre. Porque la clase rica, fuerte ya de por s铆, necesita menos la defensa p煤blica; mientras que las clases inferiores, que no cuentan con propia defensa, tienen una especial necesidad de encontrarla en el patrocinio del mismo Estado. Por lo tanto, el Estado debe dirigir sus cuidados y su providencia preferentemente hacia los obreros, que est谩n en el n煤mero de los pobres y necesitados.

la propiedad privada

30. Preciso es descender concretamente a algunos casos particulares de la mayor importancia. -Lo m谩s fundamental es que el gobierno debe asegurar, mediante prudentes leyes, la propiedad particular. De modo especial, dado el actual incendio tan grande de codicias desmedidas, preciso es que las muchedumbres sean contenidas en su deber, porque si la justicia les permite por los debidos medios mejorar su suerte, ni la justicia ni el bien p煤blico permiten que nadie da帽e a su pr贸jimo en aquello que es suyo y que, bajo el color de una pretendida igualdad de todos, se ataque a la fortuna ajena. Verdad es que la mayor parte de los obreros querr铆a mejorar su condici贸n mediante honrado trabajo y sin hacer da帽o a nadie; pero tambi茅n hay no pocos, imbuidos en doctrinas falsas y afanosos de novedades, que por todos medios tratan de excitar tumultos y empujar a los dem谩s hacia la violencia. Intervenga, pues, la autoridad p煤blica: y, puesto freno a los agitadores, defienda a los obreros buenos de todo peligro de seducci贸n; y a los due帽os leg铆timos, del de ser robados.

l铆mites del trabajo

31. El trabajo excesivamente prolongado o agotador, as铆 como el salario que se juzga insuficiente, dan ocasi贸n con frecuencia a los obreros para, intencionadamente, declararse en huelga, y entregarse a un voluntario descanso. A este mal, ya tan frecuente como grave, debe poner buen remedio la autoridad del Estado, porque las huelgas llevan consigo da帽os no s贸lo para los patronos y para los mismos obreros, sino tambi茅n para el comercio y los intereses p煤blicos: a帽谩dase que las violencias y los tumultos, a que de ordinario dan lugar las huelgas, con mucha frecuencia ponen en peligro aun la misma tranquilidad p煤blica. Y en esto el remedio m谩s eficaz y saludable es adelantarse al mal con la autoridad de las leyes e impedir que pueda brotar el mal, suprimiendo a tiempo todas las causas de donde se prev茅 que puedan surgir conflictos entre obreros y patronos.

tutela de lo moral

32. Asimismo, el Estado viene obligado a proteger en el obrero muchas otras cosas; y, ante todo, los bienes del alma. Pues la vida mortal, aunque tan buena y deseable, no es de por s铆 el fin 煤ltimo para el que hemos nacido, sino tan s贸lo el camino e instrumento para perfeccionar la vida espiritual mediante el conocimiento de la verdad y la pr谩ctica del bien. El esp铆ritu es el que lleva impreso en s铆 la imagen y semejanza de Dios, y en 茅l reside aquel se帽or铆o, en virtud del cual se le mand贸 al hombre dominar sobre todas las criaturas inferiores y hacer que todas las tierras y mares sirvieran a su utilidad. Llenad la tierra y sometedla a vosotros, tened se帽or铆o sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que sobre la tierra se mueven[27]. En esto todos los hombres son iguales, sin diferencia alguna entre ricos y pobres, amos y criados, pr铆ncipes y s煤bditos; porque el mismo es el Se帽or de todos[28]. Nadie, por lo tanto, puede impunemente hacer injusticia a la dignidad del hombre, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia, ni impedirle el camino de la perfecci贸n que se le ordena para conquistar la vida eterna. Y aun m谩s: ni siquiera por su propia libertad podr铆a el hombre renunciar a ser tratado seg煤n su naturaleza, aceptando la esclavitud de su alma: porque ya no se trata de derechos, en los que haya una libertad de ejercicio, sino de deberes para con Dios, que deben cumplirse con toda religiosidad.

obreros - mujeres - ni帽os

33. Consecuencia es, por lo tanto, la necesidad de descansar de obras y trabajos en los d铆as de fiesta. Mas nadie entienda con ello el gozar, con exceso, de un descanso inactivo, y mucho menos aquel reposo que muchos desean para fomentar los vicios y malgastar el dinero; sino un descanso consagrado por la religi贸n. Unido a la religi贸n el descanso aparta al hombre de los trabajos y afanes de la vida cotidiana, para traerle hacia los pensamientos de los bienes celestiales y hacia el culto que por justicia es debido a la divina majestad. Esta es principalmente la naturaleza, y este el fin del descanso en los d铆as de fiesta, lo cual sancion贸 Dios con una ley especial aun en el Antiguo Testamento: Acu茅rdate de santificar el s谩bado[29]; y lo ense帽贸 adem谩s con su mismo ejemplo, en aquel misterioso descanso que se tom贸, luego de haber creado al hombre: Descans贸 en el d铆a s茅ptimo de todas las obras que hab铆an hecho[30].

34. En lo que toca a la defensa de los bienes corporales y exteriores, lo primero es librar a los pobres obreros de la crueldad de ambiciosos especuladores, que s贸lo por af谩n de las ganancias y sin moderaci贸n alguna abusan de las personas como si no fueran personas, sino cosas. Ni la justicia ni la humanidad consienten, pues, el exigir del hombre tanto trabajo que por ello se embote el alma y el cuerpo llegue a debilitarse. En el hombre toda su naturaleza, as铆 como su actividad, est谩 determinada por ciertos l铆mites, fuera de los cuales no se puede pasar. Es verdad que el ejercicio y la pr谩ctica afinan la capacidad del trabajo, pero con la condici贸n de que, de cuando en cuando, se cese en el trabajo y se descanse. El trabajo cotidiano no puede prolongarse m谩s all谩 de lo que toleren las fuerzas. Pero el determinar la duraci贸n del reposo depende de la clase de trabajo, de las circunstancias de tiempo y de lugar, y aun de la misma salud de los obreros. A los que trabajan en canteras, o en sacar de lo profundo de la tierra las riquezas en ella escondidas -hierro, cobre y otras cosas semejantes-, porque su trabajo es m谩s pesado y m谩s da帽oso a la salud, deber谩 compensarse con una duraci贸n m谩s corta. Adem谩s, se ha de tener en cuenta las distintas estaciones del a帽o, pues no pocas veces un mismo trabajo es tolerable en determinada estaci贸n, mientras se torna imposible o muy dif铆cil de realizar en otro tiempo.

35. Finalmente, un trabajo proporcionado a un hombre adulto y robusto, no es razonable exigirlo ni a una mujer ni a un ni帽o. Y aun m谩s, gran cautela se necesita para no admitir a los ni帽os en los talleres antes de que se hallen suficientemente desarrollados, seg煤n la edad, en sus fuerzas f铆sicas, intelectuales y morales. Las fuerzas que afloran en la juventud son como las tiernas hierbas, que pueden agostarse por un crecimiento prematuro; y entonces se hace imposible aun la misma educaci贸n de los ni帽os. Asimismo, hay determinados trabajos impropios de la mujer, preparada por la naturaleza para las labores dom茅sticas que, si de una parte protegen grandemente el decoro propio de la mujer, de otra responden naturalmente a la educaci贸n de los hijos y al bienestar del hogar. Establ茅zcase como regla general que se ha de conceder a los obreros tanto descanso cuanto sea necesario para compensar sus fuerzas, consumidas por el trabajo; porque las fuerzas que afloran en la juventud son restauradas por el descanso. En todo contrato, que se haga entre patronos y obreros, se ha de establecer siempre, expresa o t谩cita, la condici贸n de proveer convenientemente al uno y al otro descanso: inmoral ser铆a todo pacto contrario, pues a nadie le est谩 permitido exigir o promover la violaci贸n de los deberes que con Dios o consigo mismo le obligan.

justo salario

36. Ya llegamos ahora a una cuesti贸n de muy gran importancia: precisa entenderla bien, a fin de no caer en ninguno de los dos extremos opuestos. D铆cese que la cuant铆a del salario se ha de precisar por el libre consentimiento de las partes, de tal suerte que el patrono, una vez pagado el salario concertado, ya ha cumplido su deber, sin venir obligado a nada m谩s. Tan s贸lo cuando, o el patrono no pague 铆ntegro el salario, o el obrero no rinda todo el trabajo ajustado, se comete una injusticia: y tan s贸lo en estos casos y para tutelar tales derechos, pero no por otras razones, es l铆cita la intervenci贸n del Estado.

Argumento es 茅ste que no aceptar谩 f谩cil o 铆ntegramente quien juzgare con equidad, porque no es cabal en todos sus elementos, pues le falta alguna consideraci贸n de gran importancia. El trabajo es la actividad humana ordenada a proveer a las necesidades de la vida y de modo especial a la propia conservaci贸n: con el sudor de tu frente comer谩s el pan[31]. Y as铆, el trabajo en el hombre tiene como impresos por la naturaleza dos caracteres: el de ser personal, porque la fuerza con que trabaja es inherente a la persona, y es completamente propia de quien la ejercita y en provecho de quien fue dada; luego, el de ser necesario, porque el fruto del trabajo sirve al hombre para mantener su vida -manutenci贸n, que es inexcusable deber impuesto por la misma
naturaleza. Por ello, si se atiende tan s贸lo al aspecto de la personalidad, cierto es que puede el obrero pactar un salario que sea inferior al justo, porque, al ofrecer 茅l voluntariamente su trabajo, por su propia voluntad puede tambi茅n contentarse con un modesto salario, y hasta renunciar plenamente a 茅l. Pero muy de otro modo se ha de pensar cuando, adem谩s de la personalidad, se considere la necesidad- ods cosas l贸gicamente distintas, pero inseparables en la realidad. La verdad es que el conservarse en la vida es un deber, al que nadie puede faltar sin culpa suya. Sigue como necesaria consecuencia el derecho a procurarse los medios para sustentarse, que de hecho, en la gente pobre, quedan reducidos al salario del propio trabajo.

Y as铆, admitiendo que patrono y obrero formen por un consentimiento mutuo un pacto, y se帽alen concretamente la cuant铆a del salario, es cierto que siempre entra all铆 un elemento de justicia natural,  interior y superior a la libre voluntad de los contratantes, esto es, que la cantidad del salario no ha de ser inferior al mantenimiento del obrero, con tal que sea frugal y de buenas costumbres. Si 茅l, obligado por la necesidad, o por miedo a lo peor, acepta pactos m谩s duros, que hayan de ser aceptados -se quiera o no se quiera- como impuestos por el propietario o el empresario, ello es tanto como someterse a una violencia contra la que se revuelve la justicia.

Por lo dem谩s, en esta y en otras cuestiones -como la jornada del trabajo en cada una de las industrias, las precauciones necesarias para garantizar en los talleres la vida del obrero-, a fin de que la autoridad no se entrometa en demas铆a, principalmente porque son tan distintas las circunstancias de las cosas, tiempos y lugares, ser谩 m谩s oportuno reservar dicha soluci贸n a las corporaciones de que m谩s adelante hablaremos, o intentar otro camino en el que se salven, con arreglo a la justicia, los derechos de los obreros, limit谩ndose el Estado tan s贸lo a acudir, cuando el caso lo exija, con su amparo y su auxilio.

ahorro - propiedad

37. Si el obrero recibiere un salario suficiente para sustentarse a s铆 mismo, a su mujer y a sus hijos, f谩cil le ser谩, por poco prudente que sea, pensar en un razonable ahorro; y, secundando el impulso de la misma naturaleza, tratar谩 de emplear lo que le sobrare, despu茅s de los gastos necesarios, en formarse poco a poco un peque帽o capital. Ya hemos demostrado c贸mo no hay soluci贸n pr谩ctica y eficaz de la cuesti贸n obrera, si previamente no se establece antes como un principio indiscutible el de respetar el derecho de la propiedad privada. Derecho, al que deben favorecer las leyes; y aun hacer todo lo posible para que, entre las clases del pueblo, haya el mayor n煤mero de propietarios.

De ello resultar铆an dos notables provechos; y, en primer lugar, una repartici贸n de los bienes ciertamente m谩s conforme a la equidad. Porque la violencia de las revoluciones ha producido la divisi贸n de la sociedad como en dos castas de ciudadanos, separados mutuamente por una inmensa distancia. De una parte, una clase extrapotente, precisamente por su extraordinaria riqueza; la cual, al ser la 煤nica que tiene en su mano todos los resortes de la producci贸n y del comercio, disfruta para su propia utilidad y provecho todas las fuentes de la riqueza, y tiene no escaso poder aun en la misma gobernaci贸n del Estado; y enfrente, una muchedumbre pobre y d茅bil, con el 谩nimo totalmente llagado y pronto siempre a revolverse. Ahora bien; si en esta muchedumbre se logra excitar su actividad ante la esperanza de poder adquirir propiedades estables, poco a poco se aproximar谩 una clase a la otra, desapareciendo la inmensa distancia existente entre los extraordinariamente ricos y los excesivamente pobres. Adem谩s de ello, la tierra llegar谩 a producir con mayor abundancia. Cuando los hombres saben que trabajan un terreno propio, lo hacen con un af谩n y esmero mayor; y hasta llegan a cobrar gran afecto al campo trabajado con sus propias manos, y del cual espera para s铆 y para su familia no s贸lo los alimentos, sino hasta cierta holgura abundante. Entusiasmo por el trabajo, que contribuir谩 en alto grado a aumentar las producciones de la tierra y las riquezas de la naci贸n. Y aun habr铆a de a帽adirse un tercer provecho: el apego -por parte de todos- a su tierra nativa, con el deseo de permanecer all铆 donde nacieron, sin querer cambiar de patria, cuando en la suya hallaren medios para pasar la vida en forma tolerable. Ventajas 茅stas, que no pueden lograrse sino tan s贸lo con la condici贸n de que la propiedad privada no sea recargada por excesivos tributos e impuestos. Luego si el derecho de la propiedad privada se debe a la misma naturaleza y no es efecto de leyes humanas, el Estado no puede abolirlo, sino tan s贸lo moderar su uso y armonizarlo con el bien com煤n: el Estado obrar铆a en forma injusta e inhumana, si a t铆tulo de tributos exigiera de los particulares mucho m谩s de lo que fuere debido en justicia.

[25] 2. 2 ae., 61, 1 ad 2.
[26] S. Th. De regimine princ. 1, 15.
[27] Gen. 1, 28.
[28] Rom. 10, 12.
[29] Ex. 20, 8.
[30] Gen. 2, 2.
[31] Gen. 3, 19.


costumbres y las siempre crecientes

exigencias de la vida reclaman que estas corporaciones se adapten a las condiciones presentes. Por ello vemos con sumo placer c贸mo doquier se fundan dichas asociaciones, ya s贸lo de obreros, ya mixtas de obreros y patronos; y es de desear que crezcan tanto en n煤mero como en actividad. Varias veces hemos hablado ya de ellas; pero Nos complace en esta ocasi贸n mostrar su oportunidad, su legitimidad, su organizaci贸n y su actividad.

39. La conciencia de la propia debilidad impulsa al hombre y le anima a buscar la cooperaci贸n ajena. Dicen las
Sagradas Escrituras: Mejor es que est茅n dos juntos que uno solo; porque tienen la ventaja de la compa帽铆a. Si cayere el uno, le sostendr谩 el otro. ¡Ay de quien est谩 solo, pues no tendr谩, si cae, quien lo levante![32]. Y en otro lugar: El hermano, ayudado por el hermano, es como una ciudadela fuerte[33].

Y as铆 como el instinto natural mueve al hombre a juntarse con otros para formar la sociedad civil, as铆 tambi茅n le inclina a formar otras sociedades particulares, peque帽as e imperfectas, pero verdaderas sociedades. Naturalmente que entre 茅stas y aqu茅lla hay una gran diferencia, a causa de sus diferentes fines pr贸ximos. El fin de la sociedad civil es universal, pues se refiere al bien com煤n, al cual todos y cada uno de los ciudadanos tienen derechos en la debida proporci贸n. Por eso se llama p煤blica, puesto que por ella se juntan mutuamente los hombres a fin de formar un Estado[34]. Por lo contrario, las dem谩s sociedades que surgen en el seno de aqu茅lla ll谩manse privadas; y en verdad que lo son, porque su fin pr贸ximo es tan s贸lo el particular de los socios. Sociedad privada es la que se forma para ocuparse de negocios privados, como cuando dos o tres forman una sociedad a fin de comerciar juntos[35].

el Estado

40. Ahora bien; estas sociedades privadas, aunque existan dentro del Estado y sean como otras tantas partes suyas, sin embargo, en general y absolutamente hablando, no las puede prohibir el Estado en cuanto a su formaci贸n. Porque el hombre tiene derecho natural a formar tales sociedades, mientras que el Estado ha sido constituido para la defensa y no para el aniquilamiento del derecho natural; luego, si tratara de prohibir las asociaciones de los ciudadanos, obrar铆a en contradicci贸n consigo mismo, pues tanto 茅l como las asociaciones privadas nacen de un mismo principio, esto es, la natural sociabilidad del hombre.

Cuando ocurra que algunas sociedades tengan un fin contrario a la honradez, a la justicia, o a la seguridad de la sociedad civil, el Estado tiene derecho de oponerse a ellas, ora prohibiendo que se formen, ora disolviendo las ya formadas; pero aun entonces necesario es proceder siempre con suma cautela para no perturbar los derechos de los ciudadanos y para no realizar el mal so pretexto del bien p煤blico. Porque las leyes no obligan sino en cuanto est谩n conformes con la recta raz贸n, y, por ello, con la ley eterna de Dios[36].

asociaciones religiosas

41. Pensamos ahora en las sociedades, asociaciones y 贸rdenes religiosas de toda clase, a las que ha dado vida la autoridad de la Iglesia y la piedad de los fieles, con tantas ventajas para el bienestar mismo de la humanidad cuantas muestra la historia. Dichas sociedades, aun consideradas a la luz sola de la raz贸n, al tener un fin honesto, por derecho natural son evidentemente leg铆timas. Si de alg煤n modo se refieren a la religi贸n, 煤nicamente est谩n sometidas a la autoridad de la Iglesia. No puede, pues, el Estado atribuirse sobre ellas derecho alguno, ni arrogarse su administraci贸n; antes bien, tiene el deber de respetarlas, conservarlas y, si fuere necesario, defenderlas.

Pero, ¡cu谩n de otra manera ha sucedido, sobre todo en estos nuestros tiempos! En muchos lugares y por las maneras m谩s diversas, el Estado ha lesionado los derechos de tales comunidades, contra toda justicia: las enred贸 en la trama de las leyes civiles, las priv贸 de toda personalidad jur铆dica, las despoj贸 de sus bienes: bienes, sobre los que ten铆a su derecho la Iglesia, el suyo cada uno de los individuos de aquellas comunidades, y el suyo tambi茅n aquellas personas que los hab铆an dedicado a cierto fin determinado, as铆 como aquellos a cuya utilidad y consuelo estaban dedicados.

Nos, pues, no podemos menos de lamentarnos de semejantes despojos tan injustos como perniciosos; y ello, tanto m谩s cuanto que vemos c贸mo se prohiben sociedades cat贸licas, tranquilas y verdaderamente 煤tiles, al mismo tiempo que solemnemente se proclama pro las leyes el derecho de asociaci贸n; y en verdad que tal facultad est谩 concedida con la m谩xima amplitud a hombres que maquinan por igual contra la Iglesia y contra el Estado.

asociaciones obreras

42. Cierto que hoy son mucho m谩s numerosas y diversas las asociaciones, principalmente de obreros, que en otro tiempo. No corresponde aqu铆 tratar del origen, finalidad y m茅todos de muchas de ellas. Pero opini贸n com煤n, confirmada por muchos indicios, es que las m谩s de las veces dichas sociedades est谩n dirigidas por ocultos jefes que les dan una organizaci贸n contraria totalmente al esp铆ritu cristiano y al bienestar de los pueblos; y que, adue帽谩ndose del monopolio de las industrias, obligan a pagar con el hambre la pena a los que no quieren asociarse a ellas. -En tal estado de cosas, los obreros cristianos no tienen sino dos recursos: O inscribirse en sociedades peligrosas para la religi贸n, o formar otras propias, uni茅ndose a ellas, a fin de liberarse valientemente de opresi贸n tan injusta como intolerable. ¿Qui茅n dudar谩 en escoger la segunda soluci贸n, a no ser que quiera poner en sumo peligro el 煤ltimo fin del hombre?

43. Muy dignos, pues, de alabar son muchos cat贸licos que, conociendo las exigencias de estos tiempos, ensayan e intentan el m茅todo que permita mejorar a los obreros por medios honrados. Y una vez quehan tomado su causa, se afanan por mejorar su prosperidad, tanto la individual como la familiar, as铆 como tambi茅n por mejorar las relaciones mutuas entre patronos y obreros, formando y confirmando en unos y en otros el recuerdo de sus deberes y la observancia de los preceptos evang茅licos: preceptos que, al prohibir al hombre toda intemperancia, le hacen ser moderado; a la vez que, en medio de tantas y tan distintas personas y circunstancias, logran que, dentro de la sociedad, se mantenga la armon铆a. Para ese fin vemos c贸mo se re煤nen con frecuencia, en Congresos, varones los m谩s ilustres que se comunican mutuamente sus consejos, unen sus fuerzas, se consultan sobre los mejores procedimientos. Otros se consagran a reunir a los obreros, seg煤n sus diversas clases, en oportunas sociedades: las ayudan con sus consejos y sus medios, les procuran honrado y fructuoso trabajo. Les animan y patrocinan los Obispos, y bajo su dependencia muchos miembros de uno y otro clero atienden con singular celo al bien espiritual de los asociados. Ni siquiera faltan cat贸licos ricos que, como haciendo causa com煤n con los trabajadores, no perdonan gastos para fundar y difundir ampliamente asociaciones que le ayuden al obrero, no s贸lo a proveerse con su trabajo para las necesidades presentes, sino tambi茅n a asegurarse un decoroso y tranquilo descanso en lo por venir. Los grandes beneficios que tantos y tan denodados esfuerzos han logrado para el bien com煤n, son tan conocidos que ser铆a in煤til querer hablar ahora de ellos. Pero nos dan ocasi贸n de esperar todo lo mejor para lo futuro, si estas sociedades crecieren sin cesar y se organizaren con prudencia y moderaci贸n. Proteja el Estado semejantes asociaciones jur铆dicamente leg铆timas, pero no se entrometa en lo 铆ntimo de su organizaci贸n y disciplina; porque el movimiento vital nace de un principio interior y f谩cilmente lo sofocan los impulsos exteriores.

44. Esta sabia organizaci贸n y disciplina es absolutamente necesaria para que haya unidad de acci贸n y de voluntades.
Por lo tanto, si los ciudadanos tienen -como lo han hecho- perfecto derecho a unirse en sociedad, tambi茅n han de tener un derecho igualmente libre a escoger para sus socios la reglamentaci贸n que consideren m谩s a prop贸sito para sus fines. -No creemos que se pueda definir con reglas ciertas y precisas cu谩l deba ser dicha reglamentaci贸n: ello depende m谩s bien de la 铆ndole de cada pueblo, de la experiencia y de la pr谩ctica, de la cualidad y de la productividad de los trabajos, del desarrollo comercial, as铆 como de otras muchas circunstancias, que la prudencia debe tener muy en cuenta. En resumen; puede establecerse la regla general y constante de que las asociaciones de los obreros deben ordenarse y gobernarse de tal suerte que suministren los medios m谩s oportunos y convenientes para la consecuci贸n de su fin, el cual consiste en que cada uno de los asociados reciba de aqu茅llas el mayor beneficio posible tanto f铆sico como econ贸mico y moral.

Es evidente que ha de tenerse muy en cuenta, como fin principal, la perfecci贸n religiosa y mora; y que a tal perfecci贸n debe enderezarse toda la disciplina social. Pues de otra suerte dichas sociedades degenerar铆an y se deformar铆an, y no tendr铆an mucha ventaja sobre aquellas otras asociaciones que no quieren preocuparse para nada de la religi贸n. Por lo dem谩s ¿de qu茅 servir铆a al obrero haber podido encontrar en la sociedad una gran abundancia de bienes materiales, si su alma se pusiera en peligro de perderse por no recibir su propio alimento? ¿De qu茅 sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?[37]. Consigna es de Cristo Jes煤s, que se帽ala el car谩cter que distingue al cristiano del pagano: Todas esas cosas las van buscando los gentiles..., buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas os ser谩n a帽adidas[38]. Partiendo, pues, de Dios como principio, gran importancia se dar谩 a la instrucci贸n religiosa, de suerte que cada uno conozca sus deberes para con Dios, qu茅 debe creer, qu茅 debe esperar y qu茅 debe hacer para su eterna salvaci贸n; que todo esto lo lleguen a saber muy bien y que se tenga buen cuidado de fortalecerles y prevenirles contra los errores corrientes y contra los varios peligros de corrupci贸n. Que el obrero se anime al culto de Dios y al amor de la piedad, y se帽aladamente a la observancia de los d铆as festivos. Aprenda a reverenciar y amar a la Iglesia, madre com煤n de todos; y asimismo a obedecer sus mandatos y frecuentar los sacramentos, medios establecidos por Dios para lavar las manchas del alma y para adquirir la santidad.

45. Si el fundamento de los estatutos sociales se coloca en la religi贸n, llano est谩 el camino para regular las relaciones mutuas de los socios mediante la plena tranquilidad en su convivencia y el mejor bienestar econ贸mico. Distrib煤yanse los cargos, atendiendo tan s贸lo a los intereses comunes; y ello con tal armon铆a, que la diversidad no perjudique a la unidad. Conviene, asimismo, muy bien distribuir y determinar claramente las cargas, y ello de tal suerte que a nadie se lastime en su derecho. Que los bienes comunes de la sociedad se administren con rectitud, de tal suerte que los socorros sean distribuidos en raz贸n de la necesidad de cada uno; y que los derechos y deberes de los patronos se armonicen bien con los derechos y deberes de los obreros. Si unos u otros se creyeren da帽ados en algo, de desear es que se busquen en el seno de la misma corporaci贸n hombres prudentes e 铆ntegros, que como 谩rbitros terminen el pleito con arreglo a los mismos estatutos sociales. Con suma diligencia habr谩 de proveerse para que en ning煤n tiempo falte trabajo al obrero, y para que haya fondos disponibles con que acudir a las necesidades de cada uno; y ello, no s贸lo en las crisis repentinas y
casuales de la industria, sino tambi茅n cuando la enfermedad, la vejez o los infortunios pesaren sobre cualquiera de ellos.

invitaci贸n a los obreros

46. Si tales estatutos son aceptados voluntariamente, se habr谩 provisto lo bastante al bienestar material y moral de las clases inferiores; y las sociedades cat贸licas ejercitar谩n una influencia no peque帽a en el pr贸spero progreso de la misma sociedad civil. Lo pasado nos autoriza no sin raz贸n a prever lo futuro. Pasan los tiempos, pero las p谩ginas de la historia son muy semejantes, porque est谩n regidas por la providencia de Dios, la cual gobierna y endereza todos los acontecimientos y sus consecuencias hacia aquel fin que ella se prefij贸 al crear el linaje humano. -Sabemos que en los primeros tiempos de la Iglesia se censuraba a los cristianos, porque la mayor parte de ellos viv铆an de limosna o del trabajo. Y aun as铆, pobres y d茅biles, lograron conciliarse la simpat铆a de los ricos y el patrocinio de los poderosos. Se les pod铆a contemplar activos, laboriosos, pac铆ficos, ejemplares en la justicia y, sobre todo, en la caridad. Y, ante tal espect谩culo de vida y costumbres, se desvaneci贸 todo prejuicio, enmudeci贸 la maledicencia de los malvados; y, poco a poco, las mentiras de la inveterada superstici贸n cedieron su lugar a la verdad cristiana.
47. Mucho se habla ahora de la cuesti贸n obrera, cuya buena o mala soluci贸n interesa grandemente al Estado. Bien la solucionar谩n los obreros cristianos, si, unidos en asociaciones y dirigidos con prudencia, siguieren el mismo camino que con tanto beneficio para s铆 y la sociedad recorrieron nuestros padres y antepasados. Porque gran verdad es que, por mucha que sea entre los hombres la fuerza de los prejuicios y de las pasiones, sin embargo, si la malicia en el querer no apagare en ellos el sentido de la honestidad, deber谩 ser mucho mayor la benevolencia de los ciudadanos hacia aquellos obreros, cuando les vieren activos y moderados, sobreponiendo la justicia a las ganancias y anteponiendo la conciencia de su deber a todas las dem谩s cosas. Y de ello se seguir谩 otra ventaja, esto es, el ofrecer esperanza y facilidad no peque帽a de conversi贸n aun a aquellos obreros, a quienes falta la fe o una vida seg煤n la fe. Estos, no pocas veces, comprenden que han sido enga帽ados por falsas apariencias, por vanas ilusiones. Y sienten tambi茅n c贸mo amos codiciosos les tratan inhumanamente, y c贸mo casi no les estiman sino en poco m谩s de lo que producen con su trabajo; y c贸mo en las sociedades,  onde se encuentran metidos, en vez de caridad y amor no hay sino internas discordias compa帽eras inseparables de la pobreza orgullosa e incr茅dula. Desanimados en su esp铆ritu y extenuados en su cuerpo, muchos querr铆an liberarse de esclavitud tan abyecta; pero no se atreven, o porque lo impide el respeto humano o porque tiemblan ante la segura miseria. En modo admirable aprovechar铆an a todos 茅stos para su salvaci贸n las asociaciones cat贸licas, si, allan谩ndoles el camino, les invitaren haci茅ndoles salir de las dudas; y si, ya arrepentidos, los acogieren en su patrocinio y su socorro.

[32] Eccl. 4, 9-12.
[33] Prov. 18, 19.
[34] S. Th. Contra impugn. Dei cultum et relig. c. 2.
[35] Ibid.
[36] Cf. S. Th. 1. 2 ae., 13, 3.
[37] Cf. Mat. 16, 26.
[38] Cf. Mat. 6, 32-33.


SOLUCI脫N DEFINITIVA: CARIDAD

48. Ved, Venerables Hermanos, qui茅nes y de qu茅 modo han de trabajar en esta cuesti贸n tan dif铆cil. -Que cada uno cumpla en la parte que le corresponde; y ello muy pronto, porque la tardanza har铆a m谩s dif铆cil la cura de un mal ya tan grave. Cooperen los gobiernos plenamente con buenas leyes y previsoras ordenanzas; ricos y patronos tengan siempre muy presentes sus deberes; hagan cuanto puedan, dentro de lo justo, los obreros, porque ellos son los interesados: y puesto que, seg煤n hemos dicho ya desde el principio, el verdadero y radical remedio tan s贸lo puede venir de la religi贸n, todos deben persuadirse de cu谩n necesario es volver plenamente a la vida cristiana, sin la cual aun los medios m谩s prudentes y que se consideren los m谩s id贸neos en la materia, de muy poco servir谩n para lo que se desea.

La Iglesia nunca dejar谩 que falte en modo alguno su acci贸n, tanto m谩s eficaz cuanto m谩s libre sea; y, sobre todo, deben persuadirse de esto quienes tienen por misi贸n proveer al bien com煤n de los pueblos. Pongan en ello todo su entusiasmo y generosidad de celo los Ministros del Santuario; y, guiados por vuestra autoridad y con vuestro ejemplo, Venerables Hermanos, nunca se cansen de inculcar a todas las clases de la sociedad las m谩ximas vitales del Evangelio; hagan cuanto puedan en trabajar por la salvaci贸n de los pueblos y sobre todo procuren defender en s铆 y encender en los dem谩s, grandes y humildes, la caridad, que es se帽ora y reina de todas las virtudes. Porque la deseada salvaci贸n debe ser principalmente fruto de una gran efusi贸n de la caridad; queremos decir, de la caridad cristiana que es la ley en que se compendia todo el Evangelio y que, pronta siempre a sacrificarse por el pr贸jimo, es el m谩s seguro ant铆doto contra el orgullo y el ego铆smo del mundo; virtud, cuyos rasgos y perfiles plenamente divinos traz贸 San Pablo con estas palabras: La caridad es
paciente, es benigna; no busca sus provechos; todo lo sufre; todo lo sobrelleva[39].

En prenda de los divinos favores y en testimonio de Nuestro amor, a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro Clero y a vuestro pueblo, con gran afecto en el Se帽or, os damos la Bendici贸n Apost贸lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1891, a帽o d茅cimocuarto de Nuestro Pontificado.







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