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Urquiza: Discurso inaugural en la convención constituyente. Santa Fé, 20 de Noviembre de 1852


Vosotros vais a reconstruir la Patria, a restablecer el pacto de la familia dispersa, y yo el primero me adelanto a abrazar a mis hermanos y a venerar a mis antepasados.
J. J. Urquiza
Como Gobernador de Entre Rios, he quitado el lema de muerte a las nobles divisas federales, desde 1° de Mayo de 1851. Como Director del Estado, he abolido la confiscación de la propiedad, y reservado a Dios y a la Justicia ordinaria el derecho de disponer de la vida de nuestros compatriotas.
Mi conciencia me ha dictado siempre estos consejos: pero la guerra tenaz que nos ha dividido alejaba de la República el reino de la justicia que solo impera cuando las pasiones se aquietan.
El título de Gobernador de la Provincia de Entre Rios, me impuso una obligación sagrada: la de constituir la Nación bajo el sistema federal, tan luego como la pacificación de ella lo hiciese posible.
Esta era la voluntad expresada por los Gobiernos. Los sucesos han demostrado después que también era la voluntad de los Pueblos.
Esa larga lucha que hemos sostenido entre hermanos, lucha heroica, embellecida con actos sublimes de valentía y desprendimiento, manchada también con feas y reprensibles acciones, no era una lucha insensata y al acaso - era la pugna de dos principios políticos que no acertaron a capitular y se disputaron el triunfo.
Un hombre astuto y favorecido por su posición, quiso monopolizar el triunfo de una de estas ideas. Usurpó el lustre de las victorias ajenas, y mal hermano, como gobernante egoísta, se negó con malicia a darnos participación de sus ventajas; exageró en realidad el principio unitario, rechazado por la mayoría; y pretendió, con dilaciones y dificultades que él mismo creaba, apartar el cumplimiento del pacto federal, a que estaba inmediatamente comprometido por el Tratado de 4 de Enero de 1831.
El 1° de Mayo de 1851 hice palpable a la Nación, esta falsía del Gobernador de Buenos Aires. Yo le quité la máscara hipócrita, y anuncie a mis compatriotas, que era necesario cortar con la caída de su poder la raíz de nuestros males, de nuestra miseria y de nuestro descrédito.
La Providencia favoreció mi designio. La bondad de mi causa dio persuasión a mi palabra y valor a mis soldados. Suscité alianzas, alcancé empréstitos, y me capté la confianza de todos los argentinos. A mi rededor se juntaron los buenos y los libres de todas las opiniones. Resolví por las armas en el sentido de la libertad y de la justicia la larga y ensangrentada cuestión pendiente delante de Montevideo; y de buen éxito en buen éxito, llegué hasta las puertas de Buenos Aires al frente del Grande Ejército Aliado.
Honorables Diputados al Congreso Constituyente - permitidme que no explique como militar ni como General en Jefe, las operaciones y el resultado final, de esas campañas coronadas con la jornada del 3 de Febrero último en los campos de Morón y de Monte Caseros.
Los víctores y los aplausos entusiastas de los Pueblos Argentinos, no pueden obligarme a violentar la modestia de mi carácter.
Pero la razón y la práctica de las cosas públicas me han demostrado que la espada de un militar honrado debe ser el instrumento de una idea, y el apoyo de un principio político.
El pronunciamiento de 1° de Mayo que hice a las márgenes del Paraná, tuvo su cumplimiento el día 3 de Febrero a las orillas del Plata. «Constitución para la República» llevaba escrito en mis banderas, y en el General D. Juan Manuel de Rosas se venció el principal obstáculo para la realización de este voto, sofocado, pero vivo en todo nuestro territorio, desde el Litoral hasta las Cordilleras.
Otros obstáculos quedaban que vencer: obstáculos morales, fruto del aislamiento, de la división armada de las opiniones, de la ignorancia de los verdaderos intereses, de los instintos locales, y de una administración corrompida y tiránica. La fuente de estos vicios había manado con mayor abundancia su veneno bajo la mano inmediata de Rosas.
Antagonista de su política, tomé un rumbo opuesto para dar uniformidad a los espíritus y a los intereses. La intolerancia, la persecución, el exterminio fueron la base de su política; y yo adopté por divisa de la mía - el olvido de todo lo pasado, la fusión de los partidos.
No quise hacer ostentación de un triunfo sobre hermanos, sino hacerme garante de una capitulación entre miembros de una misma familia, Yo no he juzgado durante mi residencia en Buenos Aires las opiniones, ni medido los hombres por sus antecedentes políticos. La sangre derramada en Caseros en nombre de la libertad, era demasiado noble para que sirviese a otro objeto que el de redimir a los argentinos de sus pasados errores.
Cuando la calumnia interpreta mal mis hechos, es mi obligación vindicarlos, no tanto por mi, cuanto por vosotros, cuanto por la República, cuanto por vuestros Gobiernos que me invistieron con el carácter de Director Provisorio.
Loco y traidor me llamó el tirano, y yo le contesté con el silencio del desprecio. No puedo ahora sino contestar con el mismo lenguaje a los que me llaman sanguinario y ambicioso.
El movimiento subversivo del 11 de Setiembre en Buenos Aires desmoralizó una parte del Ejército victorioso que llevé a aquella Provincia. Hombres a quienes llené de honores y recompensas en nombre de la Patria salvada, ciudadanos oprimidos, expoliados, expatriados, a quienes mis esfuerzos habían restituido la libertad, la propiedad, el hogar de la familia, se han hecho cómplices de aquel motín, lo han excitado, y para justificarse me calumnian.
No, Soberanos Representantes de los Pueblos; mi conciencia está tranquila, y os afirmo bajo mi palabra de honor que no he contradicho ni por un momento mis intenciones. He sido, lo soy, y lo seré argentino antes que todo.
Yo he dejado libre de toda influencia la voluntad de los Pueblos que representáis. Ellos se gobiernan según sus instituciones y a medida de sus deseos. ¿Por qué había de querer hacer una excepción con el pueblo de Buenos Aires, tanto mas simpático para mí, cuanto que era el mas inmediatamente favorecido por mi buena fortuna?
Al derrotar a su tirano puse las riendas de su gobierno en manos de las mismas personas que el Pueblo mandó a implorar mi Clemencia, creyendo que tendría la flaqueza de tratarlo como a vencido.
Yo, federal en principios, no quise mirar sino patriotas en los primeros consejeros del Gobierno Provisorio de Buenos Aires, aunque salidos de las filas que había combatido.
¿Por qué?
Porque en decreto dado por mí, como Gobernador de Entre Rios, había dicho, «que el sistema unitario podía considerarse como inadecuado al País pero no como criminal, y que los herederos de la gloria de una misma revolución, debían cubrir con denso velo los pasados errores.» Así se realizaba el principio de la fusión, y se armonizaban los pareceres contrarios, sobre el modo de entender la organización, objeto principal de mis designios.
Porque he querido y quiero que no formemos sino una sola familia para que todos a una, levantemos la Patria a la altura, grandeza y prosperidad a que está llamada.
No fui comprendido como hubiera deseado. Tan asustadizo y vivo estaba el espíritu de partido, que confundió la divisa federal de mis armas; con el lema sangriento del tirano. No castigué como un Prevoste, y se me creyó tolerante del crimen. Ocupado exclusivamente de crear y de ayudar a constituir la Nación, se me quiso distraer de esta obra y comprometer lo ya hecho en ella, con susceptibilidades provinciales, representadas por un cuerpo no sujeto a ley alguna orgánica y que ha sido juzgado por sus propios parciales como una dictadura.
La Legislatura provincial de Buenos Aires se apartó de la voluntad argentina formulada en ley por el Acuerdo de 31 de Mayo, y negándome sobre infundadas sospechas una confianza provisoria, atizó el fuego de la anarquía tan fácil de prender en nuestras llanuras.
Le vi venir, y quise sofocarlo, interpretando mis atribuciones por la urgencia del peligro, y llenando con mi responsabilidad el vacío que tienen todas las instituciones provinciales en nuestro País, y que tendrán mientras no se amolden a la Constitución General que vais a sancionar.
La sinceridad de mis intenciones respecto al Pueblo de Buenos Aires, está demostrada con mi conducta. Al asumir el mando el día 26 de Julio depojé la autoridad de todas aquellas prerrogativas, cuyo abuso había causado tantas desgracias. Dicté una ley de olvido en favor de todos los ausentes de la Patria sin excluir a nadie. Anematicé el derecho de confiscación, librando de sus crueles efectos al gobernante mismo que lo había practicado como venganza de partido, y abolí la pena de muerte por delitos políticos.
En el régimen interior de la Provincia introduje muchas mejoras: tomé disposiciones para garantir la propiedad, para fomentar la labranza, para ayudar el comercio honesto; y dicté una ley de municipalidades que puesta en práctica, levantaría la capital al rango de una de las cómodas y mejor administradas ciudades de la América Meridional.
Quería prepararla para grandes y lucidos destinos; porque presumía que el Soberano Congreso Constituyente, en consonancia con la tradición y con el parecer de nuestros más distinguidos publicistas, la elegiría Capital de la República.
Abrí los ríos a todas las banderas extranjeras, habilité sus puertos, abolí las aduanas interiores, y reconocí como un hecho consumado la indepen¬dencia del Paraguay. Medidas todas que no necesitarían sino de tiempo y de realización para que se palpara su influencia en bien de aquella Provincia y de la República entera.
La situación actual de la Provincia de Buenos Aires y la ausencia de sus Representantes en vuestro seno, la perjudican sobre manera. Es esta, entre todas las hermanas, la que mas hondas heridas recibió de la administración profundamente inmoral y egoísta de D. Juan Manuel Rosas, y la que más reclama reparación de gravísimos males.
Porque amo al pueblo de Buenos Aires me duelo de la ausencia de sus Representantes en éste recinto. Pero su ausencia no quiere significar un apartamiento para siempre: es un accidente transitorio. La geografía, la historia, los pactos, vinculan a Buenos Aires al resto de la Nación. Ni ella puede existir sin sus hermanas, ni sus hermanas sin ella. En la bandera Argentina hay espacio para más de catorce estrellas; pero no puede eclipsarse una sola.
Sin embargo, la República puede y tiene todos los elementos para constituirse durante esa ausencia temporal de Buenos Aires. Tiene puertos en contacto con el extranjero, aduanas que le dan rentas, fuerza para defenderse de la violencia o para obligar a que se le haga justicia. Tiene unión en las ideas yen los intereses, y la resolución, la necesidad vital de descansar en la fe de un Código.
Este es el sentimiento de los Gobiernos, y las Legislaturas que ha ratificado su adhesión al pacto celebrado en San Nicolás, tan pronto como han tenido noticias del suceso del 11 de Setiembre y de las consecuencias de él para la política general del País.
Os hablo como ciudadano y como hombre que tiene derecho a pensar sobre las cosas serias de la Patria; pero ni como guerrero, ni como funcionario, ni como político, tendré mas acción que las que las leyes me conceden. No pretendo que mis opiniones, ni actos anteriores, os sirvan de base para arreglar a ellos la obra de vuestra conciencia y de vuestra razón. Seré el primero en acatar y obedecer vuestras soberanas resoluciones. Mi crédito personal está comprometido en la libertad y en el acierto de vues¬tras deliberaciones. La ventura de la Nación está en vuestras manos.
Aprovechad, Augustos Representantes, de las lecciones de nuestra historia, y dictad una Constitución que haga imposible para en adelante, la anarquía y el despotismo. Ambos monstruos nos han devorado. Uno nos ha llenado de sangre; el otro de sangre y de vergüenza. La luz del Cielo, y el amor a la Patria os iluminen.
El Soberano Congreso Constituyente de la Confederación Argentina está instalado.

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